Ya te conté lo que me pasó cuando una encargada de RRHH miró mi CV de dos páginas y pensó que tenía demasiada experiencia…

Aunque puedes leer ese artículo si te apetece, te lo resumo muy rápido: me gradué en Periodismo y Comunicación Integral en 2013 y, desde entonces, he vivido unos cuantos años de recesión económica.

Esto me hizo tener que ir saltando de un empleo a otro. Un periodo que casi me cuesta tener que regresar a la casilla de salida y en el que aprendí una valiosa lección: ya no existe eso de ‘un trabajo para toda la vida’.

El ‘privilegio’ de ser redactor freelance

En cada uno de los puestos en los que estuve, casi todos de redactor (que me sirvieron para llegar a ser el redactor freelance que soy) aprendí otra lección que hoy regalo a cualquiera que la quiera leer: ser periodista (de cualquier especialidad) hoy en día es un privilegio. O, mejor dicho, está considerado un privilegio.

¿Qué quiero decir con esto? Que tanto las empresas/medios que contratan (pausa para reír) como los candidatos hemos establecido una relación muy interesante. Las empresas no tienen reparo en anunciar trabajos a tiempo completo con sueldos de becarios y a los aspirantes ni se les ocurre protestar porque tienen experiencia sobrada para el puesto pero cobran (cuando cobran) un salario de becario.

Muchos de mis trabajos fueron como becario o con cursos de formación para poder prolongar mi beca. Hasta que un día me cansé. Decidí que todo eso no era para mí y me lancé a la piscina de trabajar como redactor freelance sin saber si había agua.

Ventajas de ser un redactor freelance

Por suerte, los primeros meses no lo pasé del todo mal y poco a poco fui consiguiendo clientes maravillosos, con los que estoy muy orgulloso de trabajar.

¿Y sabes por qué? Porque ahora siento de verdad que se establece una relación sana entre cliente (el medio) y el redactor (yo).

Se me exige que trabaje exclusivamente por un número determinado de horas o contenidos. Si trabajo más, gano más. Si hago horas extras, eso se ve reflejado en mi ‘nómina’ a final de mes.

Por otro lado, no tengo que aguantar jornadas soporíferas de más de ocho horas. Sinceramente, no creo que nadie pueda rendir bien en su trabajo a partir de la sexta hora… y tengo más tiempo para dedicarlo a mí, a mis hobbies y a mi pareja.

Y, lo más importante, yo decido con quién trabajo y hasta dónde estoy dispuesto a llegar. No necesito a un jefe que me imponga un horario en régimen semi-esclavista, que considere que ‘siempre se puede hacer más’ (lo que significa trabajar más, no ganar más) o que debo dar gracias por trabajar como periodista porque piensa que es un privilegio.

Por eso ahora soy mucho más feliz y disfruto de mi trabajo 🙂

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Gracias por leerme y hasta la semana que viene.

Juan Antonio Marín

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